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Revista Colombiana de Antropología

Print version ISSN 0486-6525

Rev. colomb. antropol. vol.44 no.2 Bogotá July/Dec. 2008

 

PAUL RIVET: HOMBRE POLÍTICO Y FUNDADOR DEL MUSEO DEL HOMBRE1

CHRISTINE LAURIÈRE

LAHIC, PARÍS

Conferencia del 18 de junio de 2008 en el Museo del Hombre, París


Me siento muy feliz de poder hablar aquí, delante de ustedes, de la vida y obra de Paul Rivet en este lugar tan representativo, puesto que fue justamente él quien fundó este museo, revolucionario en su momento.

Desde un punto de vista personal, la publicación de la biografía de Paul Rivet, a la que consagré casi diez años de mi vida2, ocurre en el momento más oportuno, para rendir homenaje a un hombre que supo, con un valor y una fuerza poco comunes, combatir por sus ideas y poner su energía al servicio del bien público. De igual manera me parece particularmente significativo estar reunidos para esta serie de conferencias en esta tarde del 18 de junio3, ya que Paul Rivet era un hombre que, a su manera, se negaba a la idea del fracaso; un hombre que rechazó los prejuicios y combatió con ardor las ideas que se hacían de Francia los partidarios de Pétain y de la Revolución Nacional4. Evidentemente, tampoco es una casualidad que una de las primeras redes de resistencia se haya formado aquí, porque la vigilancia era extrema y la figura titular de Paul Rivet les enseñó a todos la necesidad imperiosa de luchar por sus ideas5.

No obstante, medio siglo después de su desaparición en marzo de 1958, Rivet ocupa no sólo en la memoria y en la historia de la etnología francesa, sino también en la historia misma de Francia, un lugar menor que no hace justicia a su legado antropológico ni a su intensa actividad institucional y política. Quedó lamentablemente encajonado en ciertos lugares comunes que, una vez enunciados, apagan la curiosidad -los más trillados son los de 'fundador del Museo del Hombre'o 'antropólogo físico'; este último empleado, además, erróneamente-. Rivet es, sin embargo, al lado de Marcel Mauss, la piedra fundacional de la etnología francesa tal como se constituyó en los años 1920 y 1930. Personaje esencial de la institucionalización de la etnología, fue co-secretario general del Instituto de Etnología de la Universidad de París a partir de agosto de 1925, profesor de antropología en el Museo Nacional de Historia Natural desde marzo de 1928 y director del Museo de Etnografía de Trocadéro, antes de convertirse en el fundador y director del nuevo Museo del Hombre, en 1937. Han quedado en el olvido la riqueza y la complejidad de su recorrido en cuanto etnólogo, su figura de abanderado del americanismo francés, particularmente reconocido en América latina. Y ni siquiera se le recuerda como la figura emblemática del intelectual de la tercera república, de sabio comprometido, activamente implicado en las luchas políticas contra el fascismo y el racismo, y defensor del respeto, la dignidad y la solidaridad humanas.

Fue presidente del Comité de vigilancia de los intelectuales antifascistas en marzo de 1934; primer electo del Frente Popular en París, en mayo de 1935, antes, incluso, de que este movimiento, que agrupaba a las fuerzas de izquierda, se constituyera oficialmente; opositor del pétainismo desde 1940; miembro de la red de resistencia del Museo del Hombre; exiliado en Colombia, después consejero cultural de la Francia combatiente en México6, nombrado por el general De Gaulle; diputado de 1945 a 1951; vicepresidente de la Liga de los Derechos Humanos, etcétera. Esta lista de responsabilidades políticas y de militancia, que no es exhaustiva, es prueba fehaciente de que Paul Rivet está lejos de considerarse un sabio en su 'torre de marfil', temeroso de involucrarse en los asuntos de su ciudad.

Producto de la nueva meritocracia republicana, Rivet se convierte en el apóstol de una etnología conocida como "disciplina de vigilancia"7, una "escuela de optimismo"8 investida de una misión social y cultural edificante, orientada a educar al pueblo y a reformar las mentalidades. La fundación del Museo del Hombre, en 1938, le permitió cristalizar sus sueños y poner en escena una ciencia social que tiene mucho que decir de los otros -y, en consecuencia, de nosotros-. Gran pedagogo, animado por una extraordinaria fuerza de convicción que pone al servicio de la defensa de sus ideales y de sus valores humanísticos, poseía un carisma que se extiende más allá del círculo de los etnólogos. De hecho, en enero de 1937, el diario Paris-Soir titulaba: "Una catástrofe puede acabar con nuestro mundo civilizado (…). ¡Si sobreviven diez hombres, nada está perdido! Este grupo de sabios podría volver a crear el mundo moderno (…)". En esta "balsa de la civilización", al lado de Albert Einstein, de Cushing, del duque de Broglie, de Marconi, se encuentra Paul Rivet, erigido en figura tutelar del conocimiento que el hombre detenta sobre sí mismo, del saber que la humanidad posee sobre sus orígenes, su evolución y su comunidad de destino con todas las civilizaciones y sociedades, en el tiempo y el espacio.

¿Cómo resumirles en una hora la vida de Paul Rivet? Renuncio a ser exhaustiva e intentaré darles una pequeña idea de su recorrido como hombre de ciencia y militante político, entrelazando estos dos aspectos de su vida, que él mismo consideraba inseparables. En segundo lugar, quiero hacer énfasis en las ideas que defendía Rivet sobre el Museo del Hombre.

Nacido el 7 de mayo de 1876, era el segundo de seis hijos de una familia modesta, católica y conservadora, compuesta por artesanos y funcionarios. Sin embargo, en el futuro se emancipará de su entorno en forma radical, para convertirse en un hombre del círculo universitario parisino, ateo y notoriamente comprometido con la izquierda. Durante la tercera república, la educación se convirtió en herramienta de promoción social y permitió, a ciertas franjas de la clase media, acceder a las profesiones intelectuales. Sin renegar nunca de sus orígenes, de los que se sentía orgulloso, orientó su vida fuera del esquema familiar, afirmando su independencia de espíritu y su singularidad hasta el final. En su juventud, al tiempo que hace parte del ejército, se opone vigorosamente a sus compañeros de armas y toma partido por el capitán Alfred Dreyfus9.

Paul Rivet no fue etnólogo de formación. Fue un médico militar que decidió ejercer esta carrera para aliviar las cargas de su familia e independizarse en el menor tiempo posible. Por una serie de circunstancias providenciales, a la edad de veinticinco años entró a formar parte de la Misión geodésica del Servicio Geográfico del Ejército, que viajó a Ecuador con el fin de medir el arco meridiano que atraviesa a ese país. La misión duró cinco años, de 1901 a 1906, y fue decisiva para la vida de Rivet, ya que por medio de ella descubrió su vocación de etnólogo. Además de sus atribuciones como médico, participó como todos los demás militares en las mediciones astronómicas y geodésicas. Tales mediciones se tomaron en los puntos más altos a lo largo de la cordillera de los Andes ecuatorianos, donde las difíciles condiciones climáticas -lluvia, viento, neblina- hacían que las jornadas en las estaciones fueran largas y penosas. A Rivet, por otro lado, se le encargó el estudio de la historia natural del Ecuador, y para este fin coleccionó numerosas muestras botánicas, atrapó insectos y disecó pájaros. Descubrió muchas variedades de arañas, moscas, batracios, mamíferos y pájaros, que por taxonomía llevan el nombre de su descubridor, riveti.

En tanto médico, Rivet entró en contacto frecuente con los indígenas. Propuso gratuitamente sus servicios a los misioneros católicos y se instaló en el dispensario con el fin de curar a los pobres que, invariablemente, eran todos indígenas y mestizos. Su encuentro con ellos produjo un vuelco total, no sólo en su proyecto profesional, sino en su vida entera, y él mismo contaría más tarde que le produjeron un "choque sentimental"10 que duraría en él hasta la muerte. Se apasionó por su historia, su civilización, sus creencias, costumbres y objetos. Desde el comienzo, para él era claro que no se limitaría a hacer el relato de viaje pintoresco de sus observaciones y aventuras, sino que produciría una obra científica fruto del conocimiento, que quedó inscrita desde sus inicios en el vasto campo de la antropología.

La antropología de finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte se define como la historia natural del hombre y es, en cierta forma, un gran conglomerado de diversas disciplinas como la antropología física, la arqueología, la etnografía y la lingüística, de las cuales la disciplina 'reina', la que estaba por encima de todas las demás, es la antropología física, pues se esperaba que aportara elementos irrefutables que permitieran diferenciar, clasificar y jerarquizar las diversas razas humanas -en esa época aún se creía que existían distintas razas humanas- y se esperaba, igualmente, que la antropometría permitiera probar por qué una raza u otra se encontraba en tal o cual etapa de la civilización. Teniendo en cuenta la formación médica de Rivet, se comprende que tuviera una fuerte predisposición al estudio anatómico y antropométrico de los indígenas. A decir verdad, lo que más intrigaba a los sabios en relación con los indígenas era poder tomar como referencia los tipos físicos puros, libres de todo mestizaje, para establecer el verdadero origen de los indígenas, saber a qué tronco humano pertenecían y cómo se desarrollaron las migraciones en el continente americano. Rivet tomó entonces medidas a más de trescientos indígenas y se llevó muchos de los restos óseos recolectados durante las excavaciones arqueológicas, para tratar de responder el interrogante sobre el origen de la raza indígena. Consagró, de hecho, toda su carrera científica a aclarar este interrogante del misterio de los orígenes del hombre americano, y escribió sobre esta materia un libro en el que presenta la hipótesis de un poblamiento tripartida del continente americano: una gran migración proveniente de Asia, que llegó a través del estrecho de Bering, y que fue la más numerosa; también, y en tiempos anteriores, una migración australiana y otra de Melanesia.

En Ecuador, Rivet lideró una intensa campaña de expediciones arqueológicas a todo lo largo de la sierra interandina, con el fin de entender mejor el pasado precolombino del país y determinar las diversas influencias del poblamiento. De hecho, la arqueología representa, en su recorrido profesional, la interfase entre la antropología física y el estudio de la vida material de los pueblos indígenas y de su etnografía. Paradójicamente, la arqueología fue el punto de equilibrio que lo llevó a interesarse en las sociedades indígenas vivientes, contemporáneas.

En los archivos de Paul Rivet se encuentran muchas notas sobre las costumbres de los indígenas, sus creencias, numerosos testimonios de informantes sobre la etnografía y la lingüística. Rivet escribió varios artículos etnográficos de las sociedades indígenas de algunas regiones, como Riobamba, o la de los indígenas colorados, ubicados en el nororiente del Ecuador11. Como otros observadores de los indígenas, no dejó de percibir el contraste existente entre los indígenas que habitan la selva amazónica, en una sociedad integrada y con sus costumbres propias, y los que habitan la meseta interandina, reducidos a un estado de esclavitud por parte de los terratenientes. De hecho, en un artículo describe perfectamente el sistema de esclavitud y endeudamiento que ligan al indígena con la tierra de su dueño.

Debo reconocer que me habría sido imposible comprender hasta qué punto lo afectó el deterioro social y económico de esas poblaciones miserables, desgarradas, si no hubiera descubierto en los archivos un poema inédito que expresa con particular sensibilidad el sentimiento de injusticia y dolor que experimenta Rivet ante el trato inicuo que recibían aquellos indígenas. Mientras escudriñaba en sus archivos, no esperaba encontrar un documento tan importante, ya que este poema no había sido publicado jamás y, hasta donde sé, él no lo mencionó en ninguno de sus escritos. Es de público conocimiento, de todos modos, que mucho más tarde, cuando conversaba en su estupenda residencia oficial del Museo del Hombre con sus amigos latinoamericanos sobre la situación política de sus respectivos países, insistía siempre en la necesidad imperiosa de llevar a cabo una reforma radical del régimen agrario y de entregar la tierra a los indígenas y a los campesinos -que con frecuencia son la misma persona- bajo pena de no encontrar jamás una solución a la injusticia social12. No se trata, pues, de una reconstrucción a posteriori, decir que esta convicción se remonta a sus años vividos en el Ecuador. Le corresponde aquí al biógrafo, ahora más que nunca en su papel de revelador de las verdades olvidadas, el deber de exhibir a plena luz este poema de trágicos acentos, al unísono con su concepción catastrófica del fatum indígena cuyo momento no volverá jamás:

    Santiago Guaman, vieil indien, a commis
    Une faute fort grave: en quête de bien-être
    Son boeuf, las de jeûner, a brouté sans permis
    Toute une nuit durant l’herbe des prés du maître.
    Enfermé quatre jours en un sombre taudis,
    Les deux pieds enserrés dans un carcan de hêtre
    Etendu sur le sol froid et boueux, l’ancêtre
    N’a pas gémi malgré ses membres engourdis
    Contre le mur, sa femme et sa fille accroupies
    L’attendent. L’Indien sort: à grands pas maladroits,
    Il va vers l’homme blanc, en lui baisant les doigts
    Il dit: merci patron, et dans son oeil éteint
    Passe, ainsi qu’un voile à l’horizon lointain,
    La détresse sans pleurs des races asservies13.

Durante los cinco años vividos en Ecuador trabajó sin descanso, desplegando siempre su energía con el mismo vigor se desvive por obtener de sus informantes la mayor cantidad posible de datos. Con la certeza de estudiar, a su regreso a París, todo el material que había reunido. El balance es impresionante: cientos de medidas antropométricas y decenas de cajas con restos óseos de indígenas, una colección de al menos mil quinientas piezas arqueológicas, un incontable número de artefactos, datos etnográficos y vocabularios de diversas lenguas indígenas. Es probable que hasta entonces él mismo no hubiera tomado conciencia plenamente, pero también es cierto que Rivet es un hombre diferente, y esto hace que piense en la alteridad de un modo distinto, contradiciendo todos los preconceptos que tenía antes de partir. Difícilmente cuantificable pero sí determinante, el trato cotidiano con los amerindios a lo largo de cinco años lo sensibilizó frente a la diferencia, a lo diverso, a otras maneras de vivir su vida como ser humano. De hecho, a pesar de haber establecido una distinción, una jerarquía epistemológica entre lo que él mismo llama los indígenas salvajes y los civilizados, y aun cuando no le quedara más remedio que aceptar que estaban condenados a desaparecer debido a su situación sociológica desesperada, él no trataba a estos 'seres agonizantes'como inferiores, predeterminados desde el nacimiento, y debido a su pertenencia racial, a sufrir antes que vivir. Es en el campo de la antropología que Paul Rivet va a afirmarse y afirmar sus concepciones, pero es un campo cuyos contornos rediseñará con fuerza, en una revolución interior, invirtiendo la jerarquía de las disciplinas y reduciendo las pretensiones de la antropología física al asignarle otras misiones, a tal punto que terminó cambiando el nombre de esta disciplina: de ahora en adelante no hablará de antropología, sino de etnología. `

De regreso en Francia, en 1906, Paul Rivet se hace rápidamente un nombre en el círculo de los antropólogos gracias al prestigio obtenido por la misión geodésica y al valor e interés que suscitan los materiales traídos de Ecuador. Desvinculado del ejército, hace parte del equipo científico de Ernest-Théodore Hamy, titular de la cátedra de antropología del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN)14. En 1909, después que Hamy falleció, dejó el ejército e ingresó oficialmente el MNHN de asistente del profesor de la cátedra de antropología, René Verneau, puesto que ocupó durante veinte años. Al comienzo obtuvo el reconocimiento de sus pares, demostrando que dominaba perfectamente la práctica antropométrica y los elementos teóricos de esta disciplina; sin embargo, rápidamente se dio cuenta de los límites del método antropométrico y resiente con agudeza el fracaso de una antropología física obsesionada por la búsqueda del carácter discriminante, para definir y distinguir las diversas razas humanas. En 1910, se desprendió decididamente de la antropometría, puesto que sentía que esta disciplina no podía vivificar el conocimiento sobre el ser humano.

La amplísima gama de materiales traídos del Ecuador lo llevó a interesarse en la lingüística, ya que había recopilado unos quince vocabularios inéditos, cuya publicación inició en 1907. Progresivamente se dedicó a la revisión sistemática de las clasificaciones lingüísticas que estaban en vigor en América del Sur, impresionado con los resultados obtenidos por la lingüística indo-europea, y con la esperanza de hacer lo mismo en el nuevo mundo. Se convirtió en uno de los especialistas más eminentes de la lingüística amerindia15, que lo apasionaba porque pensaba haber encontrado en ella la manera de reconstruir la historia del poblamiento americano, mediante el estudio de situaciones reales de contacto, de intercambio. Gracias a la lingüística, Rivet dinamiza una antropología esclerótica mediante la proposición de nuevas problemáticas, más históricas y etnográficas que raciales y biológicas. Fue el primer antropólogo en Francia que se sumerge tan sistemática y vigorosamente en la lingüística, percibiendo toda su importancia para el proyecto antropológico. Adoptó el enfoque difusionista, el único que consideraba apto para profundizar en el horizonte histórico de las sociedades no occidentales, y para poner en evidencia la idea fuerte según la cual todas las civilizaciones, sin importar la distancia y el tiempo, se deben algo mutuamente y están ligadas las unas a las otras, siendo el intercambio el que las enriquece y las ayuda a evolucionar.

Dentro de esta perspectiva difusionista, Rivet se interesó cada vez más por la técnica, por el 'saber hacer'. Y precisamente gracias a los estudios consagrados a la civilización material de los indígenas, procedió a efectuar una revisión radical de sus concepciones sobre la alteridad y la diferencia. Encontró la manera de valorar los conocimientos empíricos y el saber hacer de los indígenas, mostrando su contribución al patrimonio común de la humanidad. Los sucesos relacionados con la segunda guerra mundial no hicieron más que acrecentar esta determinación a combatir los prejuicios raciales y por volver a situar a estas sociedades en el lugar que les corresponde por derecho propio. Su aguda conciencia de la cosa pública y de los deberes del etnólogo con su entorno lo llevaron a desarrollar, para una gran audiencia, la idea de igualdad en la inteligencia, en la habilidad técnica y en el genio creativo presente en todos los hombres, sin distinción del nivel de desarrollo de las sociedades impuesta por los criterios eurocéntricos.

Rivet se convirtió en líder del americanismo francés y participó en la difusión de esta ciencia en el extranjero. Durante medio siglo animó la Societé des Américanistes de París y su Journal que, gracias a él, gozó de gran prestigio científico internacional. Por cierto, aún hoy, Paul Rivet es más conocido en América latina que en Francia. El estallido de la primera guerra mundial detuvo repentinamente este impulso dado al americanismo, y Rivet se encontró sumido en la tormenta de la guerra, como tantos millones de personas. A los treinta y ocho años volvió a ser reclutado y retomó su título de médico de primera clase. En 1917 fue enviado en misión a trabajar en el frente del Oriente Medio, donde creó y organizó por completo un hospital de campaña. El gran desafío de los médicos en Oriente no era curar a los heridos por la guerra y por los bombardeos permanentes, sino curarlos de las epidemias de tifo, paludismo, disentería y escorbuto que acababan con los regimientos.

En 1919, el retorno a la vida civil fue difícil. Como en otros sectores de la sociedad, la guerra diezmó las filas de los sociólogos y etnólogos16. El proceso de reconstrucción retrasó la institucionalización de la etnología, que finalmente ingresó como ciencia a la universidad en 1925, gracias a la creación del Instituto de Etnología, bajo la influencia del filosofo Lucien Lévy-Bruhl. El sociólogo Marcel Mauss y el antropólogo Paul Rivet fueron nombrados secretarios generales del Instituto, pero fue Rivet quien más se ocupó de su administración. En 1928, luego de una última lucha entre los defensores de una antropología estrictamente anatómica y los partidarios de una etnología centrada en la etnografía y la lingüística, fue elegido profesor titular de la cátedra de antropología del Museo Nacional de Historia Natural. Entre sus responsabilidades se encontraba también la reorganización del Museo de Etnografía del Trocadéro, de la que estuvo encargado desde 1928, en estrecha colaboración con George Henri Rivière, el subdirector. Aprovechando la feria Exposición Internacional de 1937, obtuvieron financiación para crear el Museo del Hombre, museo absolutamente revolucionario para su tiempo y que pretendía ser una máquina de guerra contra las ideas prevalentes sobre el primitivismo de las poblaciones exóticas, contra su inferioridad, al tiempo que se proponía desmontar el racismo y sus prejuicios. Conservador de la civilización material, el Museo del Hombre demuestra que la etnología es una disciplina de vigilancia, una escuela de optimismo que busca, mediante los objetos allí expuestos, probar la indefectible solidaridad que une a todos los hombres mostrando las aptitudes técnicas comunes que equivalen a un peldaño en el camino de ascenso hacia el progreso.

El 14 de junio de 1940, mientras las tropas alemanas invadían París, Paul Rivet pide que el Museo del Hombre se abra a la hora habitual, como un signo revelador de su resistencia al espíritu de fracaso. Hace pegar en la fachada, a la entrada del museo, afiches del célebre poema de Rudyard Kipling titulado "If", tan cercano a sus afectos, y que será su fuente de inspiración durante aquel lustro tan difícil. Conocía esos "versos admirables"17 desde hace tiempo, desde la época turbulenta del primer conflicto mundial. Comenzó uno nuevo, cuya duración y trágicas consecuencias nadie conocía aún. Como muchos otros, Paul Rivet no estaba satisfecho con ese simulacro de paz pagado con el precio de la humillación, de la sumisión, pedido "por la voz del gran vencedor de Verdun"18.

Lejos de conducirlo a una humillante abdicación, los últimos seis años le enseñaron y transmitieron el gusto por la lucha política, por el combate en pro de sus ideas por la justicia social y contra el fascismo y el racismo en tanto que fermentos de división entre los hombres. Presidente del Comité de vigilancia de los intelectuales antifascistas (CVIA, por sus siglas en francés) desde marzo de 1934, consejero municipal de París desde mayo de 1935, incansable compañero de ruta del equipo del Frente Popular, signatario de numerosas peticiones, ardiente pacifista, partidario de los republicanos españoles, miembro del Comité central de la Liga de derechos del hombre desde 1938, Paul Rivet vivió sus compromisos políticos en oposición a los discípulos de la Revolución Nacional de Vichy. No se podría hablar de carrera política al referirnos a este hombre, pero sí de una serie lógica de compromisos vividos todos profundamente. Intelectual de izquierda, Rivet es un ejemplo entre otros de esta generación formada en la tercera república, de alma patriótica, con una altísima idea de Francia, de su deber, de su misión y de su grandeza. De origen modesto, logró por sus propios méritos ganarse un lugar envidiable en el cenáculo de los sabios, y no escatimó palabras cuando se trataba de hablar del pueblo francés, que para él constituía una realidad tangible, tanto como su lucha por la dignidad del hombre, fuese cual fuese su color o su nacionalidad. De la misma manera, creía sinceramente que los científicos deberían ser las puntas de lanza de la sociedad, que tienen una responsabilidad con sus conciudadanos, que deben despertarlos al conocimiento y, en tanto vigías atentos de los sucesos políticos, alertarlos en caso de que el peligro amenace la concordia social.

Durante los últimos veinticinco años de su vida sus compromisos políticos estuvieron indisolublemente ligados a los científicos, y lo estuvieron hasta el final. Esos años constituyen también el tiempo de la dificultad, en el sentido literal y figurado del término: los hechos históricos ponen a prueba sus convicciones políticas y su humanismo. Desde 1933 se comprometió con otros científicos franceses a ayudar a los intelectuales alemanes exiliados. Después de la manifestación del 6 de febrero de 193419, se movilizó contra el fascismo y se convierte en el presidente del CVIA, cuyos vicepresidentes eran el físico Paul Langevin y el filósofo Alain. Los tres lanzaron el famoso llamado a los trabajadores que pregonaba la unidad de acción entre intelectuales y obreros, firmado por más de ocho mil quinientas personas de las cuales un millar eran intelectuales de la talla de Victor Basch, Julien Benda, André Breton, André Gide, Jean Cassou, etcétera. Como su perfil científico y su combate político inspiraban gran respeto, los diferentes candidatos de los partidos de izquierda a las elecciones municipales de París, en marzo de 1935, en el sector de San Víctor, decidieron renunciar y le pidieron a Rivet que se enfrentara a su adversario de extrema derecha, Georges Lebecq. La victoria de Rivet les demostró a la fuerzas de izquierda que era posible unirse y vencer. Rivet se convirtió entonces en la figura tutelar de la unión de las fuerzas de izquierda y participó en la elaboración del programa político del Frente Popular.

Simultáneamente, se mantuvo vigilante ante la manipulación ideológica a la que los nazis querían someter la ciencia. Para combatir la doctrina racial nazi, junto con otros científicos de izquierda, Rivet fundó una revista bimensual titulada Races et Racisme, con la cual se proponían descifrar para el público la coartada científica que servía de justificación a los exabruptos cometidos por quienes defendían una política de promoción de la raza aria y la purificación del pueblo alemán de sus elementos impuros, inferiores; al mismo tiempo, querían demostrar la falta de base de los argumentos nazis y su invalidez en el plano científico. Si bien es cierto que el combate era importante, es inevitable darse cuenta que ellos situaban su combate en el mismo plano que sus adversarios, y no lograron eliminar la noción de raza, a pesar de su inutilidad.

Terminada la guerra entre Alemania y Francia, al final de junio de 1940, Paul Rivet continuó trabajando en el Museo del Hombre, que no cerró en ningún momento durante el conflicto, no obstante las dificultades que se presentaron por la movilización de todos los hombres que fueron enviados al frente de batalla. Ya desde julio de 1940 le escribió al mariscal Pétain para decirle que no sería jamás un verdadero líder y que el pueblo francés no estaba con él. Desde sus inicios participó en la red de resistencia del Museo del Hombre, prestando la vieja imprenta del CVIA, traduciendo discursos de Churchill y de Roosevelt, llevando los folletos. Escapó in extremis de la Gestapo en febrero de 1941, pero no sus compañeros, que fueron ejecutados un año más tarde en el monte Valérien. Las mujeres fueron deportadas. En un momento de la vida en el que Rivet debía haber gozado de la alegría y la satisfacción propias del deber cumplido, y haber disfrutado del lugar eminente que había conquistado en el medio antropológico, prefirió tomar el camino del exilio, a una edad en la que cualquiera, con más gusto que nunca, pediría la jubilación. Abandonó con el dolor del alma su museo, su equipo científico, su biblioteca. Todos los ideales por los cuales luchó: el pacifismo, el antifascismo, el antirracismo, fueron pisoteados y pasaron por una terrible prueba. "Si ves destruida la obra de tu vida / y sin decir una palabra te pones a reconstruir (…)". Paul Rivet no perdió el tiempo en lamentaciones: escogió el camino de la resistencia y la acción. Comenzó lejos de su patria, en Colombia, a hacer lo que sabía hacer mejor: combatir los prejuicios contra los indígenas, organizar estudios etnológicos y formar a las jóvenes generaciones para que partieran a campo.

Encontró refugio en Colombia gracias a su amigo el presidente Eduardo Santos (1938-1942), a quien conocía desde los 1930, pues asistió a su toma de posesión en agosto de 1938 en Bogotá, donde permaneció dos años con su esposa Mercedes y fundó el Instituto Etnológico Nacional, el 21 de junio de 1941, con el deseo de darle un nuevo lugar al indígena en la nación colombiana20. Colombia era una tierra indígena, que enfrentaba muchos problemas políticos, sociales e ideológicos en la relación con este segmento de su población. Lo que Rivet afirmaba en el Museo del Hombre, en sus cursos del Instituto de Etnología de París y en sus ponencias, lo afirmó también en el Instituto Etnológico Nacional y frente a la audiencia más amplia de las élites colombianas, aun cuando en un contexto político e ideológico muy diferente que modifica radicalmente el sentido de su discurso, que se torna subversivo y progresista. El discurso pronunciado con motivo de la inauguración del Instituto Etnológico Nacional, "La etnología, ciencia del hombre", marca un momento fundamental en su historia: suena como un manifiesto de lo que debe ser la antropología colombiana, su misión científica para hacer que la nación acepte y admita su componente indígena21. Rivet disfrutó durante la existencia en la Escuela Normal Superior de un departamento de ciencias sociales floreciente, de un grupo de profesores colombianos y extranjeros de calidad, y de un grupo de alumnos bien formados22. Las expediciones etnográficas y la publicación de la Revista del Instituto Etnológico Nacional se financiaban gracias al dinero del Comité de la Francia Libre. Paul Rivet formó así la primera generación de antropólogos colombianos, una quincena de hombres y mujeres.

Una vez que Eduardo Santos dejó la presidencia, la prioridad absoluta que le da Rivet a la etnografía de salvamento lo aleja poco a poco de las preocupaciones de los dirigentes políticos, quienes deseaban quedarse en la exaltación de un pasado arqueológico glorioso y de las civilizaciones andinas más desarrolladas. Rivet eleva las sociedades de tierras tropicales bajas al rango de ancestros civilizadores y demuestra la calidad e intensidad de los intercambios que unían a las sociedades andinas con las de la selva. En su correspondencia con José de Recasens, José Francisco Socarrás y Gerardo Reichel-Dolmatoff se observa que los hallazgos arqueológicos se aclamaban mientras que los hallazgos etnográficos se ignoraban y menospreciaban. Cuando la ideología indigenista adquirió mayor vigor, hasta convertirse incluso en un arma política de reivindicación subversiva, Rivet no se unió a este movimiento, arguyendo que estaba a favor de una nación "multicultural", que debía hacer de su mestizaje una riqueza y que no negara ninguno de sus componentes. Esta posición fue muy mal entendida por los antropólogos de tendencia marxista de los 1960-1970, quienes le reprocharon su pasividad y su desinterés por la causa del indio, por su marginalidad social en tanto ciudadano23. Se le acusó de haber dado la espalda a los problemas económicos y políticos que afrontaban los indígenas. Etnólogo extranjero en Colombia, refugiado, director de una institución oficial, Rivet no podía comprometerse en un debate nacional. Consideraba al indio en su dimensión cultural y humana pero no sociológica y política, aun cuando era un observador muy atento de los acontecimientos y de la situación indígena.

En junio de 1943 se convirtió en el consejero cultural de la Francia Libre en México, y trabajó por la difusión de la ciencia y de la cultura francesa, en armonía con los valores difundidos por la Francia de De Gaulle. Rivet temió durante mucho tiempo no poder regresar a una Francia en paz antes de morir. Habiendo obtenido la autorización del gobierno de De Gaulle para volver a Francia, regresó el 22 de octubre de 1944, a la edad de sesenta y ocho años. Se acababa el tiempo de prueba de todos sus ideales y esperaba ardientemente que los terribles sucesos que destruyeron al mundo permitieran el advenimiento de una política nueva, que posibilitara concebir una sociedad mundial pacífica y una manera más global de afrontar los problemas sociales y humanos, lejos de las divisiones de tiempos pasados.

Aún más que antes de la guerra, después de 1944 Rivet se convirtió en un hombre público, conocido más allá del círculo de los etnólogos. Retomó las funciones científicas que tenía antes de la guerra y adquirió mayor autoridad, tanto en el plano nacional como en el internacional. Defendió, institucionalmente, el lugar de la etnología y la difusión del americanismo. Se jubiló oficialmente en 1949, a la edad de setenta y tres años; sin embargo, después de su retiro continuó muy activo y ocupado. Hasta finales de 1956 presidió una gran cantidad de coloquios y congresos internacionales. Viajando enormemente, parte por largos meses al extranjero, invitado a dictar ciclos de conferencias, de manera especial en América latina, donde su prestigio crecía considerablemente. Se convirtió en una suerte de ícono del científico comprometido, respetado de forma unánime por su lucha, y conocido como el 'amigo'de América latina, que conoce bien. Partidario de una política neutral para Europa, se rehusó a escoger entre el bando de Estados Unidos y de la Unión Soviética. Numerosas universidades sudamericanas le concedieron el título de doctor Honoris causa.

Desde su creación, Rivet hizo parte de la delegación francesa ante la Unesco, al lado del historiador Lucien Febvre. Aquí participó en la puesta en marcha de varias iniciativas de alcance internacional, entre las cuales figura un proyecto centrado en la historia de la evolución científica y cultural de la humanidad. Se comprometió de manera radical en la lucha contra el racismo y tomó la palabra sobre este asunto en numerosas reuniones públicas, en París o en la provincia; en varios periódicos publicó artículos contra la ideología racista. En la primavera de 1947 fue elegido vicepresidente de la Liga de los Derechos del Hombre, cargo en el que se mantuvo durante diez años.

Pero más que la etnología, es la política la que lo absorbe. En el verano de 1945, durante el trigésimo-séptimo congreso nacional de socialistas, cuyo tema esencial era la eventual unión electoral con el Partido Comunista, Rivet tomó la palabra e intervino pregonando la unidad de acción como en los tiempos del Frente Popular. Hasta el final de su vida siguió convencido de que para promover una política realmente social se necesitaba la unión de todas las fuerzas de izquierda. Del mismo modo, sin haber sido jamás simpatizante del marxismo, no cedió ante el anticomunismo de la guerra fría. El 21 de octubre de 1945 y el 2 de junio de 1946 fue elegido diputado socialista de París, en la primera y la segunda Asambleas Constituyentes, y el 10 de noviembre de 1946 diputado de la primera Asamblea Nacional. En diciembre de ese mismo año fue elegido vicepresidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Asamblea Nacional.

En marzo de 1946, cuando el gobierno francés reconoció la soberanía del Estado Libre de Vietnam creado por Ho Chi Minh, Paul Rivet acogió con agrado la noticia y se pronunció a favor de una Unión Francesa Federal de Gobiernos Autónomos. Afirmó, además, la necesidad de mantener una relación con Ho Chi Minh. De hecho, estrecharon lazos de estima y amistad, y el etnólogo recibió frecuentes visitas del dirigente político. Rivet escribió en la prensa numerosos artículos y análisis de la situación indochina, alertando a la opinión pública sobre los extravíos de la política colonial francesa en Indochina y acogiendo "la voluntad del pueblo vietnamita y deplorando la incapacidad de los gobiernos franceses de adaptarse a las nuevas condiciones de colaboración con los pueblos de ultramar".

Los desacuerdos con su partido, la SFIO (Sección Francesa de la Internacional Obrera), eran cada vez mayores, sobre todo en cuanto a la cuestión colonial, puesto que el partido no respetaba sus principios socialistas, ni se levantaba, entre otras cosas, contra la política de represión y de tortura llevada adelante por el estado francés en Indochina o en Madagascar, política "que no deja entrever la más mínima perspectiva de paz"24. El 23 de marzo de 1948 dimitió del grupo parlamentario socialista, sentando así su protesta contra la determinación de no considerar la propuesta formulada por él, junto con otros dos parlamentarios, de levantar las persecuciones contra los diputados malgaches ante el Tribunal de Justicia de Tananarive acusados erróneamente de ser responsables de la agitación independentista. Los motines, en efecto, habían tenido lugar un año antes y habían sido duramente reprimidos.

Consciente de que ya no libraría tantos combates políticos, redactó su 'profesión de fe'sobre el mundo, tal y como lo veía y tal y como quisiera que fuera. Con cierta solemnidad, lo denominó su "testamento político", y logró que apareciera publicado en la revista de Jean-Paul Sartre, Les Temps Modernes, en mayo de 1950. Soñaba con una tercera vía para Europa, que no estuviera al servicio de la tutela militar estadounidense, ni del diktat soviético, que fuera realmente neutral y pacifista. Así, Europa podría trabajar en el acercamiento de los dos bloques, a los que debía su reciente liberación. De igual manera, puso sobre aviso de la psicosis anticomunista, tan agitada como un trapo rojo para manipular a la opinión pública y hacer pasar determinadas medidas políticas.

Contra todas las previsiones, Rivet no adoptó una actitud clara sobre el conflicto argelino y se inclinó en un primer momento hacia la Argelia francesa, influido por Jacques Soustelle25. Esta toma de posición iría a ser el tormento de sus últimos años. La irrupción del movimiento independentista argelino es su último caso de conciencia, el más doloroso, puesto que sabía perfectamente que no estaba sosteniendo el mismo discurso que había pronunciado sobre Indochina o Madagascar, no obstante haber dicho que comprendía y aprobaba la voluntad de independencia y de libertad de esos pueblos. Él sabía "cuánto esfuerzo se necesita para dar a todos los pueblos su independencia, y estoy de acuerdo con lo que se ha hecho en este sentido, pero me temo que si vamos demasiado rápido, lleguemos a transformar a África en una serie de 'Liberias'"26, explicó. Como otros hombres socialistas de su generación, Rivet no puso en ningún momento el colonialismo en tela de juicio, pero denunció rotundamente sus abusos y recomendó un colonialismo "humanista", que se acompañara de reformas para facilitar la participación y la representación democrática de las poblaciones colonizadas. Para liberarse de la carga que pesaba sobre su conciencia, firmó una moción del sindicato de los educadores en enero de 1957, que se oponía firmemente a la política de fuerza impuesta por el gobierno en Argelia y exigía una negociación.

Falleció un año más tarde, el 21 de marzo de 1958, a la edad de ochenta y un años. Ironía del destino, el día de su muerte el diario Libération, haciendo un paralelo con las próximas elecciones municipales, consagró un artículo a la elección de Paul Rivet en el barrio de San Víctor en mayo de 1935, como un retorno simbólico a las raíces de su compromiso político.

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En esta última parte de mi intervención y dado que nos encontramos en el Museo del Hombre, me gustaría volver sobre la creación de esta institución y sobre el asunto de la relación entre el concepto de la cultura y el objeto etnográfico alimentada por Rivet, y de su aplicación concreta en el Museo del Hombre.

La etnología es la única ciencia social que dispone de un museo para traducir sus conocimientos, objetivos, conceptos y misiones. Raramente se ha insistido tanto sobre las misiones de servicio y de educación pública que debe asumir un museo, a fortiori un museo etnológico. Más aún que los papeles de preservación y conservación, el papel social se afirma como preponderante, en la medida en que Rivet concebía el museo como "un factor esencial de educación popular"27. Conservador de la cultura material que abre sobre el universo mental propio de cada sociedad, el museo quiere mediante los objetos allí expuestos probar la indefectible solidaridad que une a todos los hombres y demostrar las aptitudes técnicas que tienen en común; así, cargado de un valor enorme, cada uno de esos objetos equivale a un peldaño en el ascenso hacia el progreso. Al objeto se le asigna un "positivismo": se convierte en la expresión metonímica de la sociedad que lo produjo, una pieza irrefutable que debe emplearse para poner fin al injusto proceso llevado a cabo contra las sociedades condenadas, erróneamente, por su primitivismo, su arcaísmo, su incapacidad para dominar el ambiente natural que las rodea, su ignorancia de la escritura, etcétera. Esta definición no escapa a una visión teleológica de la historia, evolucionista por principio porque el hombre debe tener motivos de esperanza y mirar con confianza hacia el futuro. "Escuela de optimismo", según la expresión de Rivet, la etnología, gracias a su museo, representa un contrapunto necesario al materialismo dominante en la sociedad: "A esta labor es a la que me he dedicado, con un alcance social cada vez más evidente puesto que, en efecto, no puede negarse que un estudio profundo del hombre y de las sociedades es una de las herramientas intelectuales más seguras de las cuales disponemos para afrontar los peligros de una civilización en la cual lo económico es todopoderoso"28. Así mismo, el museo constituye un símbolo de la unidad humana en su diversidad: permite al visitante "impregnarse un poco de ese espíritu de relatividad tan necesario en nuestra época de fanatismos"29.

Para Paul Rivet y Georges Henri Rivière, son cuatro los propósitos que debe asumir el museo etnográfico, y que demuestran la implicación cultural, social y política de una etnología que quiere educar, combatir los prejuicios raciales mediante el conocimiento, ampliar los horizontes de sus conciudadanos y dar su justo valor a las poblaciones coloniales. He aquí los cuatro propósitos:

    1) Papel científico: los depósitos de un museo de etnografía, siempre y cuando estén bien organizados y dispuestos, son para los estudiosos una mina inagotable de conocimientos, no sólo de carácter técnico, sino también sociológico. De hecho, es muy extraño que una costumbre no pueda materializarse de alguna manera a través de uno o varios objetos presentes en un museo etnográfico, y conservarse con todas las explicaciones necesarias. Este material es indispensable para las escuelas de etnología, y los alumnos van allí a realizar sus trabajos prácticos.
    2) Papel de educación popular: las galerías abiertas al público exponen los objetos más característicos de las diversas civilizaciones; estos objetos no sólo deben ir acompañados de la mayor cantidad de anotaciones, fotografías y mapas, sino que deben distribuirse ejemplares de sus distintas clasificaciones, a fin de presentar todos sus aspectos (clasificaciones topográficas y metódicas). De esta manera el público, si está atento, no solamente recibe lecciones de etnografía propiamente dicha, sino también de geografía, sociología, técnica, etcétera.
    3) Papel artístico: ya sea en las galerías públicas o en los depósitos que se abran según la demanda, los artistas y artesanos encontrarán en los objetos de arte primitivo, no sólo la idea de una multiplicidad de técnicas desconocidas de nuestra civilización, sino una gran cantidad de formas y decorados que renovarán su inspiración.
    4) Papel nacional: los museos etnográficos son instrumentos incomparables de propaganda colonial (como los museos de Tervuren y de Anvers) y cultural (ver la gran cantidad de museos creados por la Unión Soviética bajo todos los gobiernos de la antigua Rusia europea y asiática -cristalización y exaltación de las nacionalidades oprimidas en Praga, Varsovia, Helsingfors, antes de la constitución de los estados checoslovaco, polaco, finlandés, etcétera). Para los actuales y los futuros administradores coloniales es un precioso e indispensable centro de documentación sobre las poblaciones que están llamados a administrar30.

Esta definición de las cuatro misiones del museo de etnografía del Trocadéro data de 1931, aun cuando no se diferencia demasiado de la que preconizará el Museo del Hombre en 1938, excepto por dos cosas: su carácter innovador y su marcado acento sobre el concepto de museo-laboratorio. El nombre mismo de Museo del Hombre se amolda perfectamente a la intención antropológica de Paul Rivet, caracterizada por la interdisciplinariedad del saber. La astucia de este nombre es, precisamente, que no privilegia ninguna disciplina sino que las incluye a todas, afirmando el primado de la unidad en lo biológico y lo social.

El Museo del Hombre es también un "museo para el hombre"31, un museo que debe ponerse al alcance del "hombre del común, es decir, de aquel desprovisto de toda cultura, o que tiene una cultura rudimentaria"32. "Para elevarlo hacia el conocimiento", prosigue Rivet, "es necesario despertar su curiosidad y de este modo facilitarle el acceso. Por ende, es indispensable presentarle las colecciones del museo sin pedantería, evitando todo vocabulario técnico. De hecho, todo puede explicarse, expresarse, comentarse en un lenguaje sencillo, accesible a todos. No existe labor más difícil que esta, pero tampoco existe un objetivo más sublime para un conservador del arte, que dedicarse a trabajar en favor de las personas más humildes que visiten el lugar que él preside"33. Por esta razón, el Museo del Hombre se enorgullece de abrir sus puertas en horas de la noche, después de la jornada de trabajo de los empleados y de los obreros.

Concebido para la gran masa, el Museo del Hombre es también un museo-laboratorio, deseoso de ofrecer una amplia gama de servicios científicos destinados a los trabajadores intelectuales, como se les llamaba en los años 1930. Siendo al mismo tiempo centro de documentación científica, de enseñanza y de investigación, el museo pretende ser también el conservador de la civilización material. En efecto, en las salas sólo se exponen diez o veinte porcentajes de las colecciones, cuidadosamente seleccionadas. Las ocho o nueve restantes se clasifican y ordenan rigurosamente y se guardan en reservas, que no son ya el "Cafarnaúm" de antaño, sino todo lo contrario, "el cerebro del museo"34, que les permite a los estudiantes e investigadores familiarizarse con objetos lujosos o aquellos más modestos, pero igualmente importantes, de la vida cotidiana, que les brindan tanta información sobre el contexto social, como este último brinda, a su vez, sobre los objetos mismos.

Desde este punto de vista, la creación de un departamento de tecnología que encuentra su prolongación museográfica en una nueva sala de artes y técnicas, organizada por Anatole Lewitzky, André Schaeffner y André Leroi-Gourhan, constituye una significativa novedad con la que quiere demostrarse la unidad del espíritu humano por medio de su común habilidad manual y artística, acorde con su entorno natural. Esta innovación "aparece ante los ojos de los etnólogos contemporáneos como extraordinariamente moderna, pues va más allá de una jerarquía cultural o un simple inventario geográfico, y se interesa por la variación de las constantes"35. Rivet consideraba que la sala de arte y de tecnología comparada tenía un gran valor formativo para el visitante, y desempeñaba, por ende, un papel pedagógico fundamental. En una época en la que la maquinaria y la taylorización se imponían en el mundo industrial moderno, esta sala pone de relieve el valor del trabajo manual y la habilidad del artesano, su inteligencia adaptativa. Para un socialista convencido como Paul Rivet, este era un argumento de peso: para el hombre del pueblo, para el obrero manual que visita el museo, observar muestras de las industrias primitivas puede ser una llave de acceso a una apreciación más justa de las sociedades erróneamente consideradas primitivas. Es más, esto le permite identificarse y comprender lo que él mismo tiene en común con esos hombres de otros tiempos: la técnica, el saber hacer. "No hay nada más conmovedor que constatar la perfección de los resultados obtenidos, el producto final de herramientas o de armas, cuando se sabe con qué técnicas rudimentarias se fabricaron"36. La consideración de la larga evolución humana y de su lenta emancipación, gracias al progreso técnico, debe llevarnos a entonar un "fabuloso himno de fe y de esperanza"37 en honor del trabajo de los seres humanos.

Así las cosas, Rivet no podía concebir una etnología que no estuviera comprometida, que no fuera militante, abierta a una mejor comprensión entre pueblos y naciones. El museo es el medio de propaganda ideal para difundir estas ideas, puesto que se inscribe dentro de los asuntos de la urbe y puede intervenir en el orden de las representaciones colectivas. Ya en los años 1930 intenta restaurar la dignidad de las poblaciones primitivas y coloniales, valorar su patrimonio y lograr en los visitantes un mayor aprecio por ellas. Es también la época del fascismo y del racismo que instrumentalizan y desvirtúan el conocimiento científico, para oprimir y estigmatizar ciertas categorías de personas. Como ciencia del hombre, la etnología debe ser portadora de un discurso alternativo coherente que se oponga radicalmente a esos excesos. Tras el hundimiento de los valores humanistas en Europa durante la segunda guerra mundial, la etnología, según Rivet, debe devolverle al hombre la confianza y la esperanza, debe incitarlo al optimismo y a ver más allá de las dificultades y los conflictos del momento. Tiene una responsabilidad cívica, pues encarna un humanismo nuevo que tiene el deber de mostrar a la humanidad desgarrada el camino de la reconciliación. En una palabra, el etnólogo debe re-encantar la realidad. Paul Rivet está muy lejos del rol impuesto a los científicos desde su concepción weberiana; él entrelaza constantemente los géneros político e intelectual, apoyándose en la autoridad que le da su saber etnológico para implicarse en el debate político. En efecto, para Rivet el etnólogo no tiene un derecho de reserva sino un deber de injerencia que debe ejercer constantemente. A la manera de los primeros sociólogos, a quienes tanto inquietaba la decadencia de una sociedad en la que el advenimiento de la revolución industrial transformaba por completo el orden imperante, Paul Rivet quería volver a estrechar los lazos entre los seres humanos a escala planetaria, luego de los dramas de la segunda guerra mundial, de la Shoah y de los cataclismos nucleares de Hiroshima y Nagasaki. Y no existía para él un lugar más apropiado que los museos etnológicos para liderar ese combate en pro de la unidad en la diversidad y del respeto de las diferencias.

Para terminar, quisiera volver sobre la cuestión de los lazos entre la concepción de la cultura, el objeto etnográfico alimentado por Rivet y su aplicación concreta en el marco del Museo del Hombre. No olvidemos que él fue un hombre de paradojas: médico militar de formación, le dio la espalda a la antropometría en aras de su pasión por las lenguas y los artefactos, y de su convicción de que el hombre fabrica su propia cultura, su sociedad, le imprime su sello y al mismo tiempo está moldeado por esa sociedad. Yo partiría de una paradoja que, en su momento, subrayó Michel Leiris. Esta paradoja está grabada con letras capitales en el frontispicio del Museo del Hombre: les recito de memoria los versos de Paul Valéry: "Cosas raras o cosas bellas / aquí sabiamente reunidas / obligan al ojo a mirar / como jamás fueron vistas / cosas todas que están en el mundo".

Muy oportunas para hacer una buena reflexión, estas palabras deberían haber sido puestas, más atinadamente, en la fachada del museo del Quai Branly, que es a decir verdad un museo de bellas artes, en primer lugar, y en segundo lugar, un museo etnográfico. Sin embargo, las palabras de Paul Valéry han sido equivocadamente asociadas a la filosofía del objeto y de la cultura que se exhiben en las salas del Museo del Hombre. Otra paradoja que quiero subrayar de inmediato, antes de volver a lo anterior: durante la inauguración del Museo del Hombre, en junio de 1938, no se escuchó una antología de cantos del mundo entero, sino una obra magna de dos miembros de la vanguardia artística parisina, una Cantata, compuesta por Darius Milhaud con las palabras de Robert Desnos. También esta vez puede decirse que quizá se trataba de un gesto más apropiado para un museo de arte moderno occidental que para un museo etnográfico "exótico". Recurrir, por un lado, a Paul Valéry y por el otro, a Milhaud y Desnos, ilustra maravillosamente el talento de fino político y la personalidad provocadora de Paul Rivet, y demuestra su capacidad para unir el político al intelectual. Con Paul Valéry, buscó y obtuvo el aval de la academia, se ganó el beneplácito de las instituciones -un gesto eminentemente político-, mientras que con la Cantata reforzó los lazos con el mundo del arte moderno parisino, ostensiblemente notorios, puesto que no era insensible al arte. La genialidad del título Museo del Hombre pretendía, igualmente, borrar las fronteras, como si afirmara: "Nada de lo que es humano me resulta extranjero".

Y sin embargo, todo en la museografía del Museo del Hombre, en la concepción del objeto -analizado como un objeto testimonial- y de la cultura -entendida aquí como cultura material- está en las antípodas de esas alianzas circunstanciales. Inspirado en los preceptos recalcados por Marcel Mauss y Paul Rivet en sus clases en el Instituto de Etnología, Michel Leiris, el autor de las Instrucciones sumarias para los coleccionistas de objetos etnográficos, prevenía a estos mismos coleccionistas contra "las cosas raras o hermosas", contra los prejuicios de la pureza del estilo y de la rareza, retomando la fórmula provocadora de Marcel Mauss sobre el enorme valor informativo y documental de la lata de conservas, comparada con la "joya más suntuosa o el sello más extraño". Al exponer los artefactos en un museo se expone también su creador puesto que revela su racionalidad, su concepción del mundo y también, inevitablemente, la parte de imaginación que interviene en esa racionalidad. Para Rivet, quien concibe el Museo del Hombre como el guardián de la cultura material de las sociedades no occidentales, exponer esos objetos, esos artefactos, significa estudiar y tratar de comprender cómo la cultura se vuelve obra, se fabrica, cómo el hombre transforma el mundo y, al hacerlo, cómo se transforma a sí mismo. Él tiene una visión compleja de esas sociedades: su historia es larga, fragmentada, hecha de intercambios, puesto que son sociedades abiertas al mundo. Paul Rivet y Georges Henri Rivière desarrollan, en el Museo del Hombre, una concepción ambientalista del objeto, concreción del estado de desarrollo de una cultura en un momento determinado. Ambos se dedican a restituir a esos objetos su valor de uso, pero también lo que podría llamarse su valor agregado; es decir, el que el ser humano les aporta al trabajar, al darle forma a la materia prima en campos tan diversos como la metalurgia, la cerámica, la plumajería, el tejido, etcétera.

Ya el difusionismo de Rivet transmitía la noción de deuda -en el sentido en el que todas las sociedades se deben algo mutuamente-, noción que adquiere una importancia capital puesto que implica, de facto, una actitud de solidaridad entre todos los hombres que comercian, se prestan e intercambian conocimientos, herramientas, objetos, técnicas, instrumentos, plantas, rituales, mitos, etcétera. Para él, el hombre es antes que nada un homo faber, un ser que fabrica, que se realiza en prácticas indisociablemente manuales e intelectuales. Lejos de preocupaciones exclusivamente estetizantes -puesto que no olvida que fabricar un objeto útil puede ser también fabricar un objeto hermoso y él es muy sensible a la dimensión estética del objeto-, Rivet pone en práctica un principio de caridad epistemológica que apunta a valorar nuevamente las creaciones manuales, los procesos de conocimiento puestos en marcha por el actor creador en el acto de fabricación. En resumen, no duda en convocar "los orígenes laboriosos"38 de los objetos en exposición. Sin embargo, esos objetos en exposición no son excepcionales por su calidad plástica o de forma: son antes que nada y sobre todo objetos de la vida cotidiana, fabricados gracias al ingenio de artesanos desconocidos, de obreros anónimos que han contribuido a la emancipación del hombre gracias a las herramientas y al saber empírico.

Rivet aboga por la escritura de otra historia, una historia que no ha tenido hasta ahora el honor de estar impresa en los libros, que no se focaliza en los hechos relevantes y en la gestión de los grandes de este mundo, sino que privilegia, por el contrario, las contribuciones anónimas de los pequeños, de los artesanos de la cotidianidad, de aquellos que mejoran la calidad de vida sin hacer ruido, sin estruendo, pero de manera duradera y eficaz, poniendo los medios para dominar su ambiente natural, adaptarse a él y explotar sus riquezas. Esta manera de construir la historia resalta la concepción prometeica sobre la tecnología que anima su defensa: el progreso de uno es el progreso de todos, y hace parte de un patrimonio común. Él da valor, por su tecnicidad y sus conocimientos del mundo vegetal, a las sociedades que durante tanto tiempo han sido despreciadas, y le recuerda al hombre blanco, al hombre occidental, la deuda que su sociedad tiene con ellas.

Animado por un ardor pedagógico poco común, conciente de la misión de servicio público que le incumbe, Paul Rivet quería hacer comprender a las masas populares, a los trabajadores manuales que entran en las salas del museo, todo lo que tienen en común con las sociedades salvajes y primitivas: el gesto y la palabra, la técnica y el arte. Con pruebas y objetos de apoyo intentó demostrar que se ha llevado a cabo un proceso injusto contra esas sociedades condenadas de manera equivocada por su primitivismo, su arcaísmo y su incapacidad para dominar el ambiente natural que las rodea. Si era invocando la razón como él intentaba reformar las mentalidades, la aspiración idealista subyacente es también trabajar para dar mayor profundidad a la racionalidad e imaginario occidentales, y llevarnos así a relativizar nuestras propias categorías de entendimiento y aprehensión de la alteridad. Rivet no concebía la etnología de otro modo que como una "escuela de optimismo", cuyo objeto fundamental es mostrar la unidad del hombre en su diversidad y hacer caer los prejuicios: raramente un etnólogo se implicará de tal manera en esta lucha política por promover la concordia humana. Y según él, el Museo del Hombre era la herramienta ideal para alcanzar ese fin.

Inevitablemente, sin embargo, al hacer de la etnología una disciplina de vigilancia, involucrada con los problemas de su tiempo, Paul Rivet construyó también una disciplina dependiente, sujeta a las transformaciones políticas e ideológicas, permeable a los cambios sociales. La prueba es que pocas personas hablan hoy de él, que su nombre se menciona rara vez o apenas a manera de referencia. En estas condiciones, ¿qué significa el hecho de haber consagrado diez años de la vida a sacar del olvido a un hombre de quien ya casi nadie habla? ¿Por qué se desconoce la obra de Paul Rivet? ¿A qué se debe este desconocimiento? Los interrogantes tienen que ver en todo caso con la manera como se escribe, todavía hoy, la historia de la etnología, acudiendo a anatemas y excomuniones, privilegiando ciertas filiaciones supuestamente más nobles desde el punto de vista teórico, en detrimento de otras que han tomado las riendas de los problemas de su época, y han donado su tiempo y su energía para darle un mejor lugar institucional a la etnología. Les confieso que no me arrepiento de estos años invertidos en la construcción de una nueva historia de la etnología, más atenta a los hombres que han sabido encarnar con maestría, debo decir, una visión comprometida de esta ciencia.


Notas

1 Traducido por María Elisa del Pilar Borda Valderrama, 10 de octubre de 2008.

2 Christine Laurière. 2008. Paul Rivet (1876-1958), le savant et le politique. Editions scientifiques du Muséum national d’Histoire naturelle, colección "Archives". París

3 El 18 de junio 1940, la BBC de Londres emitió un mensaje del general De Gaulle rechazando el armisticio firmado entre el mariscal Pétain y las autoridades alemanas que implicó el final de los combates entre alemanes y franceses. De Gaulle invitó a proseguir la lucha desde las colonias francesas y los países aliados, a organizar la resistencia contra el invasor.

4 Revolución Nacional: programa de Philippe Pétain y Pierre Laval -su vicepresidente colaboracionista pro alemán-, y de la extrema derecha anti republicana, para reparar los "errores" de la tercera república y del Frente Popular. Su eslogan era: "Trabajo, familia, patria".

5 Véanse los testimonios de los miembros de esta red de resistencia, que fue una de las primeras de la zona norte -la zona ocupada- de Francia: Germaine Tillion. 2000 [1958]. "Première résistance en zone occupée". Esprit. 261, febrero: 106-124; Boris Vildé. 1997. Journal et lettres de prison 1941-1942. Allia. París; Agnès Humbert. 2004 [1946]. Notre guerre. Tallandier Editions. París. Véanse también las investigaciones historicas: Martin Blumenson. 1979. Le réseau du Musée de l’Homme. Seuil. París; Julien Blanc. 2000. "Le réseau du Musée de l’Homme". Esprit. 261, febrero: 89-103; y su introducción a la reedición de Agnès Humbert. Notre guerre, op. cit.: 9-80. Sobre las actividades de Paul Rivet en la red del Museo del Hombre, cfr. Christine Laurière. Paul Rivet (1986-1958), le savant et le politique, op. cit.: 519-549.

6 Era una nueva función en el dispositivo de la diplomacia cultural del Comité francés de liberación nacional (CFLN). Se trató de poner en estos puestos de representación hombres que encarnaran la excelencia del pensamiento francés y de demostrar su importancia por el espíritu de resistencia que debió animar a Francia. Paul Rivet fue el primero en ocupar esta función de propaganda cultural; el segundo fue Henri Seyrig, en Washington.

7 Según la expresión de Jean Jamin: "Le savant et le politique: Paul Rivet (1876-1958)". 1989. Bulletins et Mémoires de la Société d’Anthropologie de Paris. I (3-4): 277-294.

8 Según la expresión misma de Rivet.

9 En 1894, veinte años después de la dolorosa y traumatizante derrota de Francia en la guerra de 1870, el capitán Alfred Dreyfus fue condenado injustamente bajo la acusación de haber comunicado secretos militaros a los alemanes. El hecho de ser judío exacerbó la situación y aumentó la separación entre la derecha y la izquierda. El caso Dreyfus fue una de las mayores crisis de la tercera república e involucró a muchos intelectuales (Émile Zola, Marcel Proust, Charles Péguy, etcétera) en el debate político público, dividiendo Francia en dos campos totalmente opuestos. El caso Dreyfus envenenó el clima político durante más de un decenio. El ejército francés fue en su gran mayoría antidreyfusard.

10 Afirmación de Paul Rivet en un discurso pronunciado en Quito, en 1951, citado en Luis León. 1977. Paul Rivet. Selección de estudios científicos y biográficos. Editorial Casa de la Cultura Ecuatoriana. Quito: 240.

11 Paul Rivet. 1903. "Etude sur les Indiens de la région de Riobamba". Journal de la Société des Américanistes. I: 58-80; 1905. "Les Indiens Colorado. Récit de voyage et étude ethnologique". Journal de la Société des Américanistes. II (2): 177-208, reeditado en José Juncadosa (comp.). 1988. Tsachila. Los clásicos de la etnografía sobre los colorados (1905-1950). Ediciones Abya-Yala. Quito.

12 En particular, véase Gerardo Molina. 1958. "En la muerte de Paul Rivet". La Calle (Bogotá), 28 de marzo.

13 El buey del viejo indígena Santiago Guamán pastó durante toda la noche en el campo del patrón, lo que le valió al anciano un duro castigo por parte del hombre blanco. Sin quejarse soportó las terribles condiciones a las que fue sometido, dentro de una pocilga húmeda y fangosa, con los pies atados y lacerados, mientras su esposa y su hija lo esperaban afuera, acuclilladas contra un muro. Cuando se cumple el castigo el indio, lejos de manifestar rencor, va donde el patrón, le besa las manos y le da las gracias. Pero sus ojos, sin lágrimas, reflejan el dolor infinito de una raza injustamente esclavizada. (El poema se encuentra en los archivos de Paul Rivet, en la Biblioteca central del Museo Nacional de Historia Natural (París), 2 AP 1 B1e).

14 Antes de la institucionalización de la etnología francesa en las décadas de 1920-1930, la cátedra de antropología del Museo Nacional de Historia Natural fue uno de los raros puestos (con l’Ecole d’Anthropologie de París) donde se enseñaba y aprendía antropología y etnografía. Véase Claude Blanckaert. 1997. "La création de la chaire d’anthropologie du Muséum dans son contexte institutionnel et intellectuel (1832-1855)". En Claude Blanckaert, Claudine Cohen y Pietro Corsi (comps.). Le Muséum au premier siècle de son histoire. Editions du Muséum national d’Histoire naturelle. París: 85-124.

15 Véase la esplendida serie de cuatro volúmenes compilada por Jon Landaburu. 1996-1999. Documentos sobre lenguas aborígenes de Colombia del Archivo de Paul Rivet. Ediciones Uniandes-Centro Colombiano de Estudios de Lenguas Aborígenes- Colciencias. Bogotá.

16 Sobre las posiciones de Paul Rivet en pro del internacionalismo científico y contra la exclusión de los sabios alemanes y austriacos de la Sociedad de los Americanistas, véase Christine Laurière. 2008. "L’anthropologie et le politique, les prémisses. Les relations entre Franz Boas et Paul Rivet (1919-1942)". L’Homme. 187-188: 69-92.

17 Carta de Paul Rivet al mariscal Philippe Pétain del 21 de noviembre 1940, reproducida en su integridad en Christine Laurière. Paul Rivet (1876-1958), le savant et le politique, op. cit.: 669-670.

18 Carta de Paul Rivet al mariscal Philippe Pétain del 14 de julio 1940, reproducida en su integridad en Ibídem: 665-666. Verdun es el nombre de un pueblo francés y el nombre de una famosa y mortífera guerra de trincheras donde fallecieron decenas de millares de soldados franceses y alemanes.

19 Manifestación de la ligas de extrema derecha que marcharon sobre la Asamblea Nacional tratando de derrocar el gobierno.

20 He aquí algunas referencias bibliográficas no exhaustivas sobre las actividades científicas de Rivet en Colombia: Carlos Alberto Uribe. 1996. "Entre el amor y el desamor: Paul Rivet en Colombia". En Jon Landaburu (comp.). Documentos sobre lenguas aborígenes del Archivo de Paul Rivet. Vol. I. Lenguas de la amazonia colombiana. Ediciones Uniandes-Centro Colombiano de Estudios de Lenguas Aborígenes-Colciencias. Bogotá: 49-74; Roberto Pineda Camacho. 1985. "Paul Rivet y el americanismo". Texto y Contexto. 5: 7-20; Roberto Pineda Camacho. 1998. "Paul Rivet: un legado que aún nos interpela". En Jon Landaburu (comp.). Documentos sobre lenguas aborígenes del Archivo de Paul Rivet. Vol. II. Lenguas de la orinoquia y del norte de Colombia. Ediciones Uniandes-Centro Colombiano de Estudios de Lenguas Aborígenes-Colciencias. Bogotá: 53-74; Alicia Dussán de Reichel. 1984. "Paul Rivet y su época". Correo de los Andes. 26: 70-76; Christine Laurière. Paul Rivet (1876-1958), le savant et le politique, op. cit.: 551-596.

21 Paul Rivet. 1942. "La etnología, ciencia del hombre". Revista del Instituto Etnológico Nacional. I (1): 1-6.

22 Martha Herrera, Carlos Low. 1994. Los intelectuales y el despertar cultural del siglo. El caso de la Escuela Normal Superior: una historia reciente y olvidada. Universidad Pedagógica Nacional. Bogotá.

23 Jaime Arocha, Nina de Friedemann. 1984. Un siglo de investigación social. Antropología en Colombia. Etnos. Bogotá: 261-262.

24 Declaración de Paul Rivet citada en el diario comunista L’Humanité, 15 de enero 1949.

25 Jacques Soustelle (1912-1990): etnólogo francés, especializado en etnografía mexicana, fue el subdirector del Museo del Hombre en 1938. Resistente, partidario del general De Gaulle, una parte muy activa en la propaganda en pro del Comité francés de Liberación Nacional. Al principio de los acontecimientos de la guerra de Argelia (1955-1956), fue nombrado gobernador general de Argelia. Pidió el apoyo de su mentor Paul Rivet.

26 Citado en Paolo Duarte. 1960. Paul Rivet por êle mesmo. Anhembi. São Paulo: 128-129.

27 Paul Rivet. 1948. "Organisation d’un musée ethnologique". Museum. I (1-2): 68- 70 y 112-113.

28 Paul Rivet. 1935. "Le tricentenaire du Museum national d’histoire naturelle". Marianne, 26 de junio.

29 Georges Henri Rivière. 1937. "En 1937, dans le nouveau Trocadéro s’ouvrira le Musée de l’Homme". Les Nouvelles littéraires.

30 Nota del 14 de diciembre de 1931. Archivos Biblioteca central del Museo Nacional de Historia Natural, 2 AM 1 K74b, expediente de Documentación Nacional.

31 Georges Henri Rivière. "En 1937, dans le nouveau Trocadéro s’ouvrira le Musée de l’Homme", op. cit.

32 Paul Rivet. "Organisation d’un musée ethnologique", op. cit.

33 Ibídem.

34 Paul Rivet. "Organisation d’un musée ethnologique", op. cit.

35 Declaraciones de Michel Leiris citadas en Annie Dupuis. 1999. "A propos de souvenirs inédits de Denise Paulme et Michel Leiris sur la création du Musée de l’Homme en 1936". Cahiers d'études africaines. XXXIX (3-4), 155-156: 524.

36 Paul Rivet. "Les enseignements de l’ethnographie", sin fecha [entre 1928 y 1935]: 3. Fondo del Instituto de Etnología, archivos Biblioteca central del Museo Nacional de Historia Natural, 2 AM 2 C2.

37 Paul Rivet. 1954. "Musées de l’Homme et compréhension internationale". Museum. 7 (2): 84.

38 Denis Hollier. 1991. "La valeur d’usage de l’impossible". Prefacio a la reedición de la revista de vanguardia Documents. Jean-Michel Place. París: XI.